A mediados del 2005, cambié las clases en el ISMM de Villa del Parque por la sede de Olivos, en Vicente López, a dos cuadras de la quinta presidencial. Mi desembarco en la Provincia de Buenos Aires estaba comenzando. Y más aún, cuando en Julio, me llaman del lugar más polémico y extraño en el que trabajé alguna vez: La Fundación Unión de Centros Educativos (FUCE) radicada en el multitudinario centro de San Miguel. El FUCE era un bachillerato a distancia y acelerado, o sea, todo lo que está mal en educación. Aquí comprobé que todavía se puede bajar un nivel más a la hora de obtener un título secundario. Pasando por las clases particulares y el secundario acelerado llegás al secundario a distancia. Si no lográs terminar el secundario con ese sistema ya nada ni nadie puede ayudarte. Quedé a cargo de todas las materias de sociales que daba el Instituto, con una carga horaria, si mal no recuerdo de 30 horas cátedra. La grilla estaba organizada como el horario de una escuela presencial, absurdamente, con los recreos incluidos. Yo tenía que ir todos los días de 17.10 a 21.30 de la noche, pero no tendría clases. Mi trabajo consistía en estar frente a una computadora con internet y un teléfono de línea para responder consultas de los estudiantes que estaban cursando. Era un trabajo de oficina, pero con una particularidad: No tenía nada que hacer. Yo estaba sorprendido y hasta a que no me depositaron el primer sueldo nunca creí que me podían pagar por eso. Lo más bizarro: nunca, absolutamente nunca, en las tediosas horas que dediqué en ese empleo, recibí consulta por mail, y durante el eterno año que estuve allí, sólo dos estudiantes me llamaron por teléfono. Es decir, que mi trabajo era ir, sentarme frente a la computadora y no hacer nada. Compartía oficina con el resto de los docentes, que tenían muchas menos horas que yo, llegaban, cumplían su horario y se iban. Yo me quedaba y buscaba pornografía en horario de trabajo. No había nada más que hacer, las redes sociales aún no existían y yo cumplía el horario religiosamente. Me iba después que la directora, quedándome sólo con el personal de limpieza. Una adulta mayor bastante charleta que seguro sabía que yo usaba internet para fines onanistas. Cuando se dieron cuenta que yo cumplía el horario como un boludo, me dieron una llave y fui el encargado de cerrar la oficina. De Agosto a Diciembre fue igual. Monótono, aburrido y solitario. De vez en cuando, me visitaba Alejandro, que vivía por la zona. Pasábamos la tarde en San Miguel. Recorríamos el centro, comprábamos facturas y merendábamos en la oficina. Así conocí esa zona céntrica del conurbano. Fue lo más interesante de ese trabajo. Nunca había visto tanta gente caminando por la calle, ni siquiera en el centro de Buenos Aires. En palabras de mi malicioso amigo Alejandro, era como estar en Nueva Delhi. En este punto, es inevitable caer en el lugar común del porteño que descubre el conurbano. Llegaba a San Miguel en el ferrocarril San Martín, desde la estación Devoto. Locomotora Diésel y coches con puertas abiertas. Para mí, un cándido porteño, era algo completamente nuevo.. La estación San Miguel, de la que tanto hablaba Dolina en sus programas, donde simulaba ser un vendedor de panchos, era el último punto de civilización en ese conurbano indomable. Por lo menos yo lo creía así. Me sentía un extraño en ese mar de gente. Algo así como Beatriz Sarlo, aquella vez que escribió una nota en la revista de Clarín sobre el nuevo shopping de Haedo y las curiosas costumbres de los lugareños. A diferencia de Sarlo, yo iba a San Miguel todos los días, de modo que, mi identidad porteña comenzó a desvanecerse por esa época y, después de 13 años trabajando en el conurbano, donde hice escuela en más de 10 localidades, puedo decir que me siento un experto hablando de ese vasto universo. Con Alejandro, Martín y Eduardo, podíamos hablar horas sobre las gentes, los lugares y las costumbres de regiones desconocidas para cualquier porteño, como Rafael Castillo o González Catán.
Volviendo a al FUCE, la única tarea, relativamente seria que hice allí, fue corregir algunos exámenes que los inscriptos, me niego a llamarles estudiantes, vinieron a rendir en varias fechas. Ahí me di cuenta que era verdad. Había gente que estaba “cursando”. Otra tarea, mucho menos seria, fue pasar varias horas firmando exámenes ya corregidos por otra persona. Llegaban exámenes de otras sucursales, suponía, y como la directora me había pedido que los firme, los firmé a todos. Eran cientos, miles. Y lo hice, más que nada por hacer algo.
A partir de Enero del 2006, después de cumplir religiosamente por 5 meses el horario en San Miguel, comencé manejar los tiempos a discreción. No había control de entrada ni salida, no había libro de firmas ni fichaje de ningún tipo. Así que en vez de entrar a las 17.10 como era habitual, comencé a hacerlo a las 18 o 18.30, según me viniera en gana. Y, obviamente, nunca más me fui a las 21.30. Nunca nadie me dijo nada. La Directora, la secretaria y los otros docentes no aparecieron durante el verano. Sin embargo yo iba, porque me habían dicho que tenía que ir y porque era una forma de salir de mi casa y decir: “me voy a trabajar” aunque sea una farsa. Ellos seguían pagando, y no ir me parecía una total desfachatez. Con el tiempo cambié de opinión.
Mundial 2006 y yo ya había decidido no ir al FUCE los días de partidos importantes y así lo hice. Como era de esperarse, nadie opuso resistencia. Hasta que un día, en el cual Alemania e Italia se jugaban la permanencia en el mundial, me llaman del FUCE. Yo estaba mirando el partido en mi casa en el mismo momento que tendría que estar allí, respondiendo consultas.
–Hola, Jorge ¿Vas a venir? –me preguntó la secretaria que había visto unas pocas veces en la oficina
–Sí, sí, estoy yendo. –contesté mientras comenzaba a manotear la ropa para vestirme. -En media hora estoy.
–Bueno, dale, te estoy esperando porque tengo que hablar con vos.
Listo, me echan, pensé mientras manoteaba la mochila y la campera. En el viaje en el San Martín, mi mente divagaba sobre posibles diálogos con la secretaria. ¿Debía pedir o no indemnización? Me parecía un caradurez pedir indemnización cuando hacía un año me pagaban sólo por cumplir el horario que, además, había cumplido solo por 5 meses. Obviamente estaba en mi derecho. Si me contrataron fue por mi capacidad para trabajar, mi fuerza de trabajo, diría un marxista. Si ellos no dispusieron de esa capacidad en todo el año no era mi problema. Al llegar me recibió la persona que hacía de secretaria y allí me di cuenta que tenía un papel administrativo mucho más importante. Me informó que el instituto iba a cerrar. No tenía que ir más. Se me iba a pagar el salario del mes, los proporcionales y si te he visto no me acuerdo. Ni siquiera atiné a reclamarle indemnización. A pesar que me correspondía, me parecía una estafa mayor a la que ellos habían organizado. Me dio una dirección en el centro de Buenos Aires para ir a buscar la liquidación y eso fue todo. Adiós al FUCE, a San Miguel y al glorioso ferrocarril San Martín que me llevaba y me traía
Unos días después, mientras estaba cenando en casa la casa de mi amigo Carlos, aparece en TN una noticia que me dejó estupefacto. La sucesión temporal se detuvo por un instante. Habían denunciado al FUCE, en España y Argentina, por expedir títulos truchos. -Bueno, voy en cana, pensé. Había firmado miles de exámenes y libros de actas. Mi nombre estaba en todos lados. Me acordé de la película “Plata Dulce”. Yo era el boludo de Bonifatti y la supuesta secretaria, que me había contratado y despedido, era el hijo de puta de Arteche. Fueron momentos de incertidumbre y de seguir la noticia minuto a minuto. Finalmente, con el correr de los días, la angustia inicial de que mi carrera docente terminara antes de empezar se desvaneció completamente. Mis amigos y mi familia nunca supieron que yo había trabajado allí.
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