miércoles, 19 de agosto de 2020

Maestro clandestino

 En noviembre del 2006 me llaman de una escuela de Palermo para cubrir una suplencia de un mes. Todo suma, dije, y me dirigí a la escuela de la calle Gascón, a un par de cuadras de la escuela Ecos, donde recientemente había sucedido el accidente vial conocido como La tragedia de Ecos, en el que 9 estudiantes y una docente habían fallecido en un viaje de visita a una escuela rural en Chaco. Cuando llegué a la escuela me recibió la directora. Me atendió en su oficina que al parecer estaba ubicada en la parte de Primaria del establecimiento. Lo recuerdo porque tuve que esquivar pequeños desaforados en recreo. Era una suplencia para cubrir a un profe que se tomaba una licencia extendida por paternidad.
   -okey, no hay problema. ¿qué materia es?
   –Es para Ciencias Sociales y Literatura en 6to y 7mo grado. –Me dijo. La miré con cara extrañada. Debe haber un error, pensé.
   –yo soy docente de secundaria, no estoy habilitado para dar en el nivel primario. –La directora me miró con una sonrisa y cierta condescendencia, como diciendo “qué pichón que sos, querido”. Para mi sorpresa, eso no le importó. Al final de la suplencia me pagarían en mano e informalmente si yo no tenía ninguna objeción. Para superar el anterior momento de principiante y con un aire de clandestinidad, o sea, con voz muy baja, le dije que no tenía problema. ¿Qué podía pasar? Pensé. Nunca presenté credenciales ni me las pidieron. Iba dos mañanas completas, donde alternaba las horas de Sociales y Literatura en ambos cursos. Tenía varias horas libres cuando los cursos estaban en Música, Plástica o Educación Física. Además, en los recreos debía estar en el patio, observando a los chicos para evitar accidentes, peleas y juegos violentos.
               Lo más cercano a la felicidad que debe haber en este mundo es un recreo de escuela Primaria. El ser humano en estado salvaje, a las corridas, a los gritos, desparramados por el piso. Despreocupados y extraños a cualquier problema mundano. Allí parado, observando todo esa vorágine de entusiasmo y nihilismo, sentía una profunda envidia.
En ambas materias no tuve ningún problema. Sólo debía agarrar el manual y seguir con los temas y actividades que allí se proponían. De Literatura y prácticas del lenguaje no tenía mucha idea, sólo lo que recordaba de la escuela. Por temor a equivocarme, nunca me decidí a explicar ninguna regla gramatical de la cual no estuviera muy seguro. Para pasar el tiempo, dejaba la hora a la lectura y a las actividades de libro. La mayor parte del tiempo daba Sociales. Allí, en 7mo grado, tuve como alumna a la hoy famosa actriz y pariente política del ex Presidente Macri, Naiara Awada. Claro que en ese momento era más conocida como la hija del actor Alejandro Awada. En otro grado estaba el hijo de Carolina Papeleo y, en otro, el del Pato Galván. Por suerte, nunca se presentó en la escuela una inspección que detectara semejante irregularidad e hice la suplencia con total normalidad. Esa fue toda mi experiencia como maestro ilegal de escuela primaria en pleno Palermo en una escuela de hijos de famosos.

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