miércoles, 19 de agosto de 2020

Educando en los bordes


Comencé ejerciendo la docencia en los márgenes del sistema educativo y desde el escalafón más bajo, como empezamos muchos: dando clases particulares, en planes acelerados y bachilleratos a distancia. Trabajo informal y precarizado, en circuitos de enseñanza al límite de la legalidad.

Terminé de cursar la facultad a finales del 2002, en la post crisis del 2001. La nueva década encontró a la Argentina descolocada, desvariando y a la deriva, como cualquier egresado de la Universidad pública. Mi estado de conciencia y mi precariedad económica estaban en sincronía con el estado general del país. Un año atrás, mientras veía los cacerolazos y lo piquetes por televisión, pensaba en el desastre económico que íbamos a padecer durante toda la década, justo en el momento que debía insertarme en el mercado laboral como futuro docente o becario del CONICET o kiosquero. En ese diciembre del 2001, las posibilidades eran más inciertas que nunca en un país que suele jugar con la incertidumbre como juega el gato maula con el mísero ratón

En 2003 voté a Néstor Kirchner, no a plena conciencia, sino más bien, porque el resto me parecía impresentable. Mi marco teórico para encarar la comprensión de la realidad en aquella época era el marxismo –lo sigue siendo- y si se quiere, cierto progresismo. Comulgaba con el progresismo de la década de los 90, pero consideraba que se quedaba a mitad de camino, centrado en el discurso moralista anti corrupción y una propuesta socialdemócrata que no me convencía del todo por lo moderada y tibia. En el 97, cuando me tocó votar por primera vez, voté a De la Rúa para jefe de gobierno porteño. Estaba cursando el CBC y aún no había llegado a mi poder la bibliografía que cambiaría mi visión del mundo y de la política. En el 99, habiendo leído a Marx, Engels y a Gramsci voté en blanco para presidente y en el 2001 voté al notable Luis Zamora.

A diferencia de la hiper de Alfonsín y la hecatombe menemista, mi familia fue inmune a la crisis del 2001. Mi viejo, haciendo uso de su experiencia de medio siglo en un país impredecible, sacó todos sus ahorros del plazo fijo a principios de ese año, de modo que, cuando vino el corralito de Cavallo, apenas se mosqueó. Por años se jactó de su capacidad de providencia. Agradezco a la previsionalidad, que a veces raya lo conspirativo, de la sagaz mente de mi padre por esa acción. Si el corralito hubiera afectado los ahorros de toda su vida no se si la hubiera contado.

Cuando llegó abril del 2003, me hice la misma pregunta que se hicieron muchos de los que votaron a Néstor como los que no: ¿Quién es este tipo? No me hice kirchnerista del todo durante su presidencia. Sí lo hice a partir del conflicto con el campo a pocos meses de empezada la presidencia de Cristina Fernández. Me considero un kirchnerista de la segunda ola, a pesar de haberlos votado siempre. En esos años, 2003-2007, la recomposición del salario docente fue muy elevada, teniendo en cuenta que veníamos de una fuerte caída durante la crisis. Por suerte, mis apreciaciones durante la crisis del 2001, estuvieron profundamente equivocadas. De modo que cuando pude conseguir un trabajo estable en la docencia, el salario no era tan malo, y en amplios sectores sociales, la carrera docente fue una verdadera salida laboral, quizás como nunca antes en las últimas décadas.

 El 2003 fue penoso. Me anoté en el Estado en la Ciudad de Buenos Aires sin la esperanza de conseguir trabajo inmediatamente, porque recién uno aparece en los listados al año siguiente, pero eso yo no lo sabía. Pensaba que sería difícil porque recién salía de la facultad y no tenía más puntaje que el de mi título. Después me enteré que, además, hay que esperar al año siguiente para aparecer en el listado oficial. Me olvidé entonces del Estado hasta que los vericuetos burocráticos dieran cuenta de mi existencia.

En escuelas privadas, después de repartir mi currículum en todos los barrios porteños, sólo tuve una entrevista: En el Instituto Argentino Excelsior. Verán que los nombres ridículos serán una constante en mi trayectoria o, más bien, son una constante de las escuelas de gestión privada. El instituto se encuentra sobre la avenida Rivadavia, muy cerca de la Facultad. Era para dar Formación ética y ciudadana en un 5to año que, según la directora, era muy indisciplinado y de formación ética entendía muy poco. No abrí la boca en toda la entrevista y, como era de esperarse, no quedé. Fue casi todo un año de infructuosa búsqueda.

Recién a finales del 2003, en Octubre, se contactaron conmigo varios institutos de clases particulares. El más conocido de ellos, el Instituto Zabala, ubicado en la zona de Belgrano, y un par más, uno de Palermo y otro de Caballito. Es así que comencé dando clases particulares, trabajando a destajo, preparando adolescentes con propensión a la vagancia que se habían llevado Historia, Geografía, Ciudadanía y etcétera. Noviembre, diciembre, enero y febrero hice algo de dinero, viajando por toda la capital, y a veces por el desconocido conurbano, visitando casas de niños y niñas de clase media acomodada que no tenían ganas de estudiar. Me sentía frustrado dando clases a esta calaña de estudiantes que necesitaban de un profesor particular para materias del área de Ciencias Sociales. “¡Cómo vas a llamar a un profesor para preparar Historia! Si tenés que leer, nada más”. Pensaba yo y calculo que el resto de ustedes también. Obviamente no es del todo así, pero yo creía que sí. No tenía motivación profesional alguna para darle clases a esos patanes que se habían rascado todo el año.

Recuerdo sí, que una de las peculiaridades y atracciones de este sistema de profesores a domicilio eran las miradas insinuantes de madres libidinosas, que al estar en una posición acomodada, tenían tiempo de sobra para ocuparse de su cuerpo y no de sus hijos. Para eso llamaban a profesores particulares precarizados. Si la clase era por la mañana, las madres me atendían en sensuales batones o en calzas listas para ir al gimnasio. Recuerdo una de ellas de la zona de Parque Chacabuco, vestida con outfit deportivo -con un tono de voz que me recordaba a Betiana Blum en Esperando la carroza-, que mientras le pegaba una palmada correctiva en la cabeza a su hijo le dijo:

       -despertate a la vida, Rodrigo, dale. –Rodrigo apenas reaccionó.

Rodrigo estaba más dormido que Macri antes de inaugurar sesiones en el Congreso y además estaba empastillado. Estaba de moda drogar a los pibes con déficit de atención en esa época.  Esas mamás responsables por el devenir educativo de su hijo aprovechaban mi presencia para, por un lado, practicar sus oxidadas técnicas de seducción y, por otro, para salir de la casa, ya que todo el día sus hijos estarían al cuidado de un desfile de profesores particulares.

Para los suspicaces, les anticipo que no suelo mezclar el trabajo con el placer, no por corrección ética y profesionalismo, sino más bien por quedado que nunca se da cuenta de nada. Así que si alguna vez una madre pudo haber demostrado algún interés en mí –cosa que no creo aún hoy- no podría confirmarlo.

En muchas ocasiones, los padres y madres brillaban por su ausencia o semi ausencia. Estén o no presentes en la casa, a veces me atendía el alumno y él me pagaba al final. En una de las clases recurrentes, en Villa Devoto, el padre llegaba y tiraba el portafolio en el sillón a la vez que se iba desvistiendo y se dirigía hacia el fondo. Saludaba a su hijo y a mi casi sin mirarnos y sin dejar de caminar ni de sacarse la ropa. A continuación, se escuchaba un chapuzón en la pileta. Supongo que se tiraba al agua en calzoncillos o tal vez llevaba la malla al trabajo debajo del traje. Nunca me atreví a preguntarlo.  

Ese mismo mes de noviembre, en un ataque de iluminación emprendedora, se me ocurrió comprar mi primer celular. Por razones laborales, compré un motorolla startac usado. Con un celular, las posibilidades de tomar alumnos se multiplicarían. Y así fue. Recorrí los cien barrios porteños y algunos del conurbano. Comencé a hacerme mi propia agenda de alumnos recurrentes y por fuera de los institutos. Nunca tuve la valentía, sin embargo, de proponerle a algún padre o alumno descartar al intermediario e intercambiar números de teléfono. Siempre fue a pedido del cliente. Aún así, mi agenda llegaba a estar completa en épocas de examen.

Tenía cierta pericia dando este tipo de clases. Era bastante solicitado en materias donde la oferta de docentes es la más atomizada del mercado. Explicaba, escribía, hacía resúmenes, cuadros, cuestionarios. Todo lo que explicaba quedaba por escrito de alguna manera. Y eso a los holgazanes les encantaba. Era el melón que hacía todo el trabajo que ellos tendrían que haber hecho a lo largo del año en la escuela.

Para Marzo, las clases particulares comienzan a decaer drásticamente. Lo único que queda son las clases a pre adolescentes que comienzan a preparar el ingreso al Nacional Buenos Aires o el Pellegrini. Preparé varios. Lo que te queda claro de preparar estudiantes para el Nacional es que el que tiene condiciones para entrar no necesita que alguien lo prepare. Admiraba mucho a los niños y niñas de 12 años que en Historia y Geografía la tenían mucho más clara que yo cuando tenía su edad.

A comienzos del 2004, Junto con esas escasas clases, la búsqueda laboral fue mi actividad principal. Continué recorriendo la Ciudad de Buenos Aires repartiendo currículum en las escuelas de gestión privada. En Abril, me llaman de otra institución conocida por su sistema de bachillerato acelerado y también por su berretez ignominiosa. El Instituto Superior Mariano Moreno (ISMM) de la sede de Villa del Parque. Allí tuve mi primer curso. Con un poco de malicia diré que era un rejunte de jóvenes que decididamente se habían negado a hacer el esfuerzo de permanecer en la escuela. Siendo más benevolente, junto con estos jóvenes, también alternaban adultos que querían terminar el secundario porque sus situaciones particulares en la adolescencia se lo impidieron. También había extranjeros, que querían validar los títulos de sus respectivos países. Las materias eran cuatrimestrales o trimestrales o lo que sea que duraran. Nunca lo tuve claro del todo. Daba Historia y lo que me ofrecían. El trabajo era en negro y por hora.

Allí tuve como alumno, durante un cuatrimestre, al joven Nazareno Casero. Sí, uno de mis primeros estudiantes fue el alumno Capusotto, pero ya de adolescente. Ustedes dirán que una cosa es el actor y otra su personaje. En este caso, eran indistintos. Con 17 años, el alumno Capusotto llegaba tarde casi todas las clases y, tanto sus compañeros como yo, nos deleitábamos con las largas y extravagantes excusas que esgrimía para justificar sus tardanzas. Como no podía ser de otra manera, no estudiaba absolutamente nada. En el examen final, un poco a modo de agradecimiento por todas sus performances y un poco porque ni yo mismo creía en ese sistema, le hice el examen, que aprobó con un 6.  

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