martes, 18 de agosto de 2020

Aguantando la escuela

  Pasan las épocas y cambian las costumbres, las viejas instituciones se transforman o desaparecen, pero la escuela permanece intacta, inmutable, inconmovible y parece que estará aquí como estuvo antes, para siempre.  El pizarrón y la tiza, con los cuales dictaba clases Sarmiento, todavía hoy se resisten a ser reemplazados por la pizarra digital o el marcador al agua. Las tecnologías de la información y los medios digitales amenazan con desplazarla como fuente de toda verdad y conocimiento y con demoler su viejo edificio de ladrillo y cemento en pos de una educación virtual, más laxa y menos disciplinaria. Como escribió un amigo: nadie la juzga y todos la reivindican como la solución a la pobreza, la desigualdad y la decadencia de los valores,


                    

A pesar de su aparente permanencia invariable, los roles de la escuela se han ampliado desde sus comienzos hasta nuestros días. Hoy es una institución multifuncional. A finales del siglo XIX, educaba al soberano, disciplinaba al nativo y al inmigrante difundiendo la argentinidad en clave asimilacionista y homogeneizadora. La educación pública alfabetizó y dispersó identidad nacional en todos los rincones del territorio y su éxito, sin dudas, fue contundente. En la actualidad, en la vida moderna, donde nadie sabe qué hacer con sus hijos, los clubes barriales desaparecen y la calle ya no es lo que era, la escuela parece ser la solución, como depositaria y contenedora de esos niños indefensos de quienes ya nadie sabe o puede ocuparse. Por eso la escuela está en crisis y lo está desde hace mucho tiempo. Como todo lo instituido, una vez que se instala, tiende a la reproducción y a aislarse del contexto en que actúa. Es cierto que, con el tiempo, la escuela tiende a hacer mejor las cosas, pero no se la puede hacer responsable de no cumplir con todas las expectativas que la sociedad deposita en ellas.
          Es notable como en otra época, el docente egresado de la escuela normal, con una formación no muy amplia y casi nulo conocimiento de las corrientes didácticas y pedagógicas contemporáneas, haya sido un referente del conocimiento y la disciplina escolar, mientras que hoy, miles de egresados de institutos de formación, profesorados y universidades, versados en las más
aggiornadas estrategias didácticas y un conocimiento más riguroso, estamos dedicados a dar amor y contención más que a instruir en los conocimientos de nuestra disciplina. Ni hablar de ser una figura de autoridad o de prestigio.
               El docente que antes representaba la autoridad e impartía conocimientos ahora es un sujeto dedicado a brindar contención a un grupo de niños desamparados, con padres que están afuera todo el día, en el trabajo, en espacios de ocio o con su otra familia. La sociedad cambió, la familia cambió, el adulto responsable cambió, la escuela permanece ahí, aguanta.




               A partir de la segunda mitad del siglo XX, varias tecnologías amenazaron con derribar los muros escolares. Primero la televisión. Nunca en la historia de la humanidad un artefacto había cuestionado tanto la autoridad de los padres y la escuela. El saber comenzó a difundirse de otra manera, lo límites simbólicos, materiales y legales entre la infancia y la adultez se desvanecieron y ambos mundos comenzaron a equipararse. El secretismo típico del mundo adulto se rompió y ahora los niños podían acceder a una gran cantidad de conocimientos sin la intervención de sus familias y sus maestros.
       Digamos que con la televisión sola no alcanza para derrumbar un edificio tan sólido como la escuela y los valores tradicionales. Los cambios culturales de las décadas de los 60 y 70 contribuyeron en gran medida a socavar los valores y las costumbres en los cuales se sostenía la autoridad de los adultos. La televisión fue el medio principal por el cual esos nuevos valores se hicieron conocer. Y de la mano de los cambios culturales y la televisión, comenzaba a configurarse una nueva identidad infantil y una cultura centrada en lo juvenil como nuevo modelo a imitar, su ropa, su música, sus costumbres.
      ¿Qué hizo la escuela para afrontar los nuevos desafíos? Poco y nada. No le hizo falta. La televisión, que se proponía desde algunos ámbitos, no sólo como recurso didáctico sino como nuevo agente de enseñanza y socialización, entró a la escuela pidiendo permiso. No reemplazó al docente, ni a los libros escolares, no reemplazó al pizarrón ni a la tiza. Digo “entró” en sentido figurado. No hace falta que el aparato físico esté en la escuela para disputarle el lugar al docente. En la escuela la televisión es un aparto vetusto al que se le da uso al final de año para matar el tiempo en las vísperas del cierre de notas. La tele se convirtió en competidora de padres y maestros directamente desde la casa de cada estudiante y allí su ventaja. Difundió nuevos valores, reemplazó lecturas, transmitió conocimientos antes vedados y se convirtió en un férreo competidor por la autoridad y la legitimidad del conocimiento.
      Pero como la televisión nunca tuvo como finalidad educar al ciudadano sino al consumidor, la escuela nunca se preocupó demasiado. Décadas después, casi sin darnos cuenta, nos encontramos que en la escuela ya no se trata sólo de educar al ciudadano, al sujeto de derechos, sino también al niño y al adolescente que consumen. Un nuevo rol se ha sumado a la escuela. En algunas, pareciera ser que ese es el rol preponderante.
       Con el fin del siglo y la irrupción de las nuevas tecnologías, la escuela se enfrentó a un nuevo y más tenaz competidor. El desarrollo de Internet y las pantallas digitales vinieron a cuestionar como nunca la autoridad de la escuela como educadora principal de las infancias y adolescencias. Aquí aparece un nuevo y polémico concepto,
el nativo digital. Donde, al parecer,  los docentes y los padres no tenemos nada más que hacer. Somos inmigrantes digitales en un mundo que los infantes y adolescentes manejan a la perfección. Hoy en día, no obstante, este concepto ya fue discutido y casi descartado por varios motivos.
        En primer lugar, por su carácter esencialista. La idea de que un niño sabe manejar mejor que un adulto una pantalla sólo porque nació con ella es, además de optimista, ingenua. El niño en soledad, no puede aprender nada y de forma instintiva tampoco. Aprende a fuerza de prueba y error y a dedicarle una gran cantidad de ineficiente tiempo a descifrar mecanismos. El adulto es más metódico, pero también menos paciente, en parte, porque se niega a abandonar su antigua forma de hacer las cosas. Si logra ser paciente, puede aprender a manejar un aparato, sea digital o no, más rápido y mejor que un niño. El adulto tiene, lo que en educación llamamos, conocimientos previos. Además, considerar que estos jóvenes van a saber aprovechar el enorme potencial de estas tecnologías en su desarrollo como personas y en el progreso de nuestra sociedad de forma casi instintiva, sin que tengan el apoyo de la familia y sin que diseñemos y apliquemos planes educativos al respecto, es un disparate.
       Y en segundo lugar, ya no se puede hablar de infancia como antes nos referíamos, sino a infancias. En este caso, los cambios económicos producidos por décadas de neoliberalismo o, si se quiere, ese capitalismo que surge a partir de la crisis del Estado de Bienestar, configuraron, por un lado, una infancia hiper conectada con total acceso a las pantallas y al consumo y, por otro, una infancia casi completamente desconectada o desenchufada con problemáticas sociales como la pobreza y la falta de escolarización. La brecha material entre las infancias también es digital, y esto hace más difícil la inserción de los desconectados -los pobres- en la cultura, el mundo laboral y  el de la información.
En medio de todos estos cambios persiste la escuela. El docente ya no tendrá la autoridad del conocimiento, tal vez tampoco se reconozca como un adulto al estilo de sus antecesores y se sienta más cercano a los niños que tiene que educar.  Y los niños ya no lo verán como el referente de la verdad sino como un igual que los guiará en sus gustos y elecciones de consumo.

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