Mi escuela primaria
Las maestras y maestros que me educaron me dieron una primera aproximación a lo que luego sería mi concepción
del docente, no muy digna, por cierto. Mi primera percepción de los maestros y maestras
fue como extravagantes figuras de autoridad disciplinar. No fueron mis segundos
padres, ni me brindaron grandes lecciones morales, ni me hicieron interesarme
por el conocimiento de la Historia. A pesar de pasar allí la mayor parte del
día, la escuela no fue mi segundo hogar. Lo digo como algo positivo. ¿Por qué
la escuela tiene que constituir un segundo hogar? ¿Qué idea de hogar subyace
cuando se afirma eso? ¿Tan fácil es trasladar los vínculos que formamos en
nuestro hogar con los que desarrollamos en la escuela? Tengo la sospecha de que
más que un hecho real, la idea de la escuela hogar es un producto imaginario de
muchos adultos que tienden a romantizar su infancia y su paso por la escuela.
Para los que recuerdan su infancia como feliz, es fácil pensar en la escuela
como un hogar, una familia. Quiero pensar que para aquellos que no tuvieron una
infancia que podría llamarse feliz la escuela no fue su segundo hogar. El
romántico me duplicará la apuesta y dirá que para esos casos, la escuela fue su
único hogar. Yo lo mandaré a freír churros.
Como dije, mis maestras y maestros
no fueron mis segundos padres. En primer grado, mi maestra iba en chancletas.
Alcira era muy vieja y gorda y ya no aguantaba ir con un calzado acorde al
lugar de trabajo. La de tercero te confiscaba juguetes con cualquier excusa y
nunca más te los devolvía. Los chicos más grandes nos habían dicho que se los
robaba para dárselos a su hijo. A mí me
hizo un robot de Transformers, el cual esperé con ansias su liberación hasta el
último día de clases. Cuando se lo fui a pedir, abrió el cajón de su escritorio
y me dijo impunemente:
-Mirá, acá no está.
-¡Qué hija de puta! –Pensé apretando
los labios.
En
quinto grado nos tocó una señorita muy joven que, mucho antes de la ley de
Educación Sexual Integral, nos dio una precaria clase de educación sexual sin el
consentimiento de nuestros padres. El revuelo que armó en la institución y las
familias fue épico. Quejas de algunos padres, apoyo de otros, reuniones y
asambleas generales. No la desplazaron pero nunca más se habló de educación
sexual en el grado. En sexto, la señorita Sara te ponía negativos por hablar, prestar un lápiz a un compañero o,
simplemente, por respirar. Lo que sea significaba un negativo. Carlos la odiaba
profundamente y le hizo la vida imposible todo el año. Sara, en un contra ataque
poco efectivo, lo mandó a la psicopedagoga. Y finalmente, recuerdo a tres de
los cuatro maestros de área que tuvimos en séptimo grado. El de matemáticas: un
viejo muy malo, a un año de jubilarse, autoritario y gritón. Si estabas a
contraluz, se podía ver una lluvia de saliva cada vez que esbozaba sus diatribas.
Como era de saltearse consonantes en algunas palabras, toda la escuela lo llamaba
“conce(p)to”. Una vez, se me ocurrió copiarme junto a un compañero y nos
descubrió. El sermón salival nos cayó como una tormenta ácida sobre nuestros
llorosos rostros. También recuerdo al de naturales. Lo apodábamos “chivita” por
su barba candado, de moda en aquel entonces. Chivita era un joven maestro de
vocación y entusiasta con el cual hacíamos experimentos de todo tipo. Una vez,
vimos a través del ojo de un chancho. Por último, recuerdo a la maestra de Lengua,
una señora también severa, de pelo corto y unas canas violáceas que, por su
evidente prognatismo, mi compañero Carlos apodaba “mandíbula de crique”.
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